Las tres tumbas de Billy el Niño

Hágame caso: si no se le ha perdido nada por allí, no se tome la molestia de llegar hasta Fort Sumner, Nuevo México. No hay mucho que ver, salvo —y eso ya es mucho— la tumba de uno de esos mitos de infancia que sobrevivieron a las películas del sábado: Billy el Niño. De niños, con revólveres de plástico colgando del cinturón, todos quisimos ser el hombre que disparaba más rápido que su sombra. La ley del más rápido era la medida de la verdad, una forma de justicia elemental que el Oeste parecía entender.

Dormí en un falso tipi de hormigón del Wigwam Motel de Holbrook, Arizona, esa apoteosis vintage que sobrevive como una postal viviente de la Ruta 66. Desayuné en un Denny’s, otro tótem americano, con su logo amarillento que parece sacado de un disco de los Beach Boys. Los bancos corridos, las camareras infatigables y la clientela con sobrepeso —envuelta en camisetas del Walmart— parecían salidos de un cuadro de Edward Hopper dirigido por Tarantino. Zambullían trozos de salchicha en gachas de avena y los cubrían con sirope hasta formar un engrudo que engullían con tostadas, entre sonrisas lentas y amabilidad empalagosa.

Al salir, monté en mi Ford de alquiler, puse la banda sonora que Bob Dylan compuso para Pat Garrett & Billy the Kid y enfilé hacia el este, rumbo a Santa Rosa. Con Thelma y Louise en la memoria, Crucé el Pecos y, siguiendo su orilla por la carretera 84, recorrí los noventa kilómetros hasta Fort Sumner. Ni un pueblo, ni un restaurante, ni una patrulla. Solo la nada. En la entrada, una placa histórica —porque en Estados Unidos no hay pueblo sin placa— anunciaba lo único que el lugar tenía para ofrecer: las tumbas de Billy el Niño, muerto allí (dicen) el 14 de julio de 1881.

El pueblo, un puñado de casas polvorientas bajo un cielo inmenso, parecía un Comala gringo. Lo primero que vi fue un cartel: SEE BILLY THE KID’S REAL GRAVE.

Justo enfrente, otro letrero competía: BILLY THE KID MUSEUM —con un subtítulo prometedor: As seen on ABC Prime Time Live.

Los dos letreros, como Garrett y el propio Billy, luchaban por sobrevivir. Un tercero, colocado por la Cámara de Comercio local —porque tampoco hay pueblo sin cámara de comercio— intentaba poner paz: “We have the Kid... and much more!” Lo dudo.

El Billy the Kid Museum, con sus maniquíes de cera agrietada y sus vitrinas de vidrio empañado, ha tenido más de medio siglo para acumular mugre. Entre las reliquias trozos bastos de mineral de plata, figurillas de arcilla, piezas arqueológicas de la época colonial, utensilios de cobre martillado, una ternera con ocho patas, otra con dos cabezas, piezas de artillería de la Primera Guerra Mundial, máquinas de escribir, arados, planchas, una Barbie de 1962, un Ken de 1965 y una montaña de artefactos que haría las delicias de un arqueólogo del absurdo. Del techo cuelgan retratos de Billy y de su verdugo, el sheriff Pat Garrett, flotando como santos decapitados.

Preparado para lo peor, avancé entre cucarachas discretas y motas de polvo centenarias hasta llegar al corazón del museo: la Billy The Kid Room. Allí, bajo cristales amarillentos, se exhibían —suponiendo que no fuera una tomadura de pelo— el rifle del Kid, un mechón de su cabello y una piedra de su guarida de Stinking Springs, con su nombre tallado entre iniciales ajenas. Una cortina tras un vidrio anunciaba solemnemente: “This curtain hung on the door where the Kid was shot”.

Afuera, rodeadas por una cerca de alambre, descansaban tres tumbas: Billy y dos amigos, con una lápida común que rezaba PALS. Sobre ella, la palabra REPLICA. La señora del puesto de regalos, amable como una abuela de Norman Rockwell, me explicó que el dueño original del museo, Mr. Sweet, había tenido que construir esa réplica porque la tumba auténtica estaba muy deteriorada. Asentí con gesto compasivo. No quise discutir: en los desiertos del Oeste, la fe es un material delicado.

La “auténtica” tumba está en un cementerio minúsculo detrás del Old Fort Sumner Museum, custodiado por un tipo calvo y fondón que parecía un ángel del infierno jubilado. Dentro se exhibían las cartas de Billy al gobernador Lewis Wallace —el sorprendente autor de Ben Hur— pidiendo amnistía, recortes de prensa, carteles de recompensa, un informe de autopsia bilingüe (español macarrónico, inglés aceptable) y una serie de 14 cuadros naïf que narraban la vida del forajido. Era una mezcla entre catecismo y tienda de empeños.

Fuera, una nube de moscas intentó devorarme antes de llegar a la tumba. Allí estaba: tres lápidas tras una jaula de hierro. La auténtica lápida había sido robada dos veces, la primera en 1950, reapareciendo veintiséis años después en Granbury, Texas, y de nuevo en 1981, misteriosamente, en Huntington Beach, California. La trajeron de vuelta como si se tratara de un prófugo recuperado.

Un puñado de monedas de veinticinco centavos brillaba sobre las losas. El lugar, tan pequeño como un jardín de infancia, se parecía a un Sleepy Hollow de bolsillo. Nadie sabía cuál era el punto exacto donde había sido enterrado el Niño: una riada borró el cementerio original poco después de su muerte. La lápida actual fue esculpida en 1940 y donada por un ciudadano agradecido. Como todo en Fort Sumner, es más símbolo que realidad.

Repuesto de tanta arqueología emocional, me senté en el único restaurante del pueblo. El encargado, un tejano con más fijador de pelo que cabellera, me aseguró que todo aquello era un fraude. Según él, la verdadera tumba de Billy no estaba en Nuevo México, sino en Hamilton, Texas, donde en 1950 un tal William “Brushy Bill” Roberts afirmó, en su lecho de muerte, que él era el auténtico Kid y que Pat Garrett había cobrado la recompensa por un cadáver equivocado.

Hamilton está a ochocientos kilómetros, y ese día ya había tenido suficientes revelaciones. Retomé la I-40, escoltado por camiones gigantescos como los de Infierno sobre ruedas, y seguí hasta Oklahoma City, donde me esperaban una habitación del Best Western y un vaso generoso de Jack Daniels.

Allí, entre el hielo y el güisqui, pensé en Billy. En sus tres tumbas, en las tres Américas que representaban: la del mito, la del comercio y la del autoengaño. Afuera rugía el tráfico. Adentro, la televisión mostraba otra promesa, otro país posible.

Y el viajero comprendió, al fin, que, como la tumba de Billy el Niño, la América esencial —esa entelequia que parecía dormir una siesta tranquila y satisfecha— en realidad no existe.